- ENTRE AMIGOS con Fontanarrosa


 

Negro amigo
Hace cuatro décadas atrás, en la legendaria revista “Boom”, los rosarinos fuimos testigos de cómo iba despertándose –sin prisa pero sin pausa, como la estrella, escribió Goethe- el formidable talento de Roberto Fontanarrosa. En esas páginas fue donde el Negro comenzó a hacer masivos sus chistes, su originalidad incuestionable, a inventar su personal cosmogonía y sus personajes, heredero natural de toda una tradición de humoristas nativos (desde Ferro a Oski y desde Lino Palacio a Battaglia) pero distinto a todos ellos y tan inigualable como ellos. Después, vino la historia conocida: Inodoro Pereyra, un renegado, comenzó a cabalgar como podía y a filosofar con su perro Mendieta sobre una pampa de utilería, y Boogie el Aceitoso –tipo detestable si los hay- irrumpió con su perramus de solapas levantadas y su cinismo de napalm. Y vinieron las ediciones sucesivas de sus libros y las historietas del Negro ocuparon las listas de best sellers y los quioscos de diarios y se leyeron en los bares como el “Martín Fierro” (al que terminaría ilustrando) en las pulperías del siglo XIX. Hasta que un día tomó la Underwood y se decidió a ser narrador de relatos breves y luego novelista y después columnista de diarios reputados y su nombre ingresó en la literatura argentina por la puerta grande. Con su humildad y sencillez, el Negro trató de no alardear nunca de sus grandes virtudes: un talento portentoso para el humor y el dibujo; una chispa mágica para la captura sutil y certera de tipos, hechos cotidianos, males nacionales, broncas unánimes y defectos generales. Cualidades que sostuvieron una obra tan personal como fascinante, se trate del grafismo sobre la papel o de las páginas de sus libros, en las que se suceden historias que todos quisiéramos haber escrito. Esta muestra es el homenaje que algunos de sus talentosos amigos humoristas decidieron rendir a uno de los suyos. El gesto de Crist, Caloi, Alfredo y Menchi Sabat, Tute, Quino y Rep ratifica no sólo el vínculo fraternal que los unió al Negro sino la firme vocación de seguir sosteniéndolo en el tiempo más allá del propio tiempo y de la muerte. Es también el homenaje de toda una ciudad a uno de sus hijos más queridos. Privilegio que sólo alcanzan los que, como él, se ganaron ese afecto colectivo a fuerza de talento pero también de una condición humana seguramente irrepetible. Rafael Ielpi
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Fotos: Luis Vignoli